martes, 14 de octubre de 2008

Los territorios constitucionales y los caminos torcidos

Para estosdías

La polémica vigente entre el Congreso de la Unión y la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) en torno a la reforma electoral y su presunta obstaculización del derecho a la libre expresión, es propia de un país que atraviesa una profunda crisis institucional. No se deslindan con precisión, en su ejercicio, los territorios constitucionales, la defensa de los derechos ciudadanos fundamentales y las atribuciones concretas para reformar la Carta Magna.

La costumbre autoritaria desestimaba las precisiones constitucionales en el reconocimiento de los territorios de cada uno de los poderes. El poder supremo, el presidencial, dirimía por la vía fáctica, discrecional, toda posible controversia. La ley dependía de las prioridades políticas.
La modernidad democrática y la necesidad del mandato de las instituciones como principio de consolidación del Estado de derecho, exigen ensayar los principios normativos dentro del entramado de los derechos y deberes individuales y del orden jurídico superior.

La procedencia de un amparo contra la reforma electoral, por presuntas afectaciones a la libertad de expresión, motivó la reacción del Senado de la República contra la Suprema Corte de Justicia de la Nación, cuyo pleno determinó la revisión del procedimiento constitucional de la reforma y la posible violación de los derechos del demandante. Un amparo, dijeron los senadores, no puede promover la revisión de la posible inconstitucionalidad de una reforma constitucional; tal procedimiento sólo es propio de un juicio de inconstitucionalidad o de una controversia constitucional. La Corte está invadiendo una esfera ajena, que sólo le compete al Legislativo, como es la formulación o modificación de los preceptos constitucionales. Pero la Corte había manifestado en su sesión de pleno, que una modificación impropia de la Constitución si le competía en su calidad de tribunal constitucional, en tanto que tales deficiencias de procedimiento podían invalidar la reforma o el precepto y determinarlo sí era materia suya.

El debate es aleccionador, pero debe tener una definición legislativa y de jurisprudencia. De otro modo cualquier individuo puede demandar la derogación de leyes constitucionales y poner en un predicamento el sistema parlamentario con un solo juicio de amparo porque así lo ha determinado el Poder Judicial fuera de sus atribuciones. Se requieren definiciones precisas al respecto, y que el ciudadano las entienda.

Lo hemos dicho aquí citando a Giovanni Sartori, Fernando Savater y a muchos otros. En esta semana, al recibir la medalla al mérito cívico Eduardo Neri "Legisladores de 1913", ha sido el historiador Miguel León-Portilla quien lo ha dicho con claridad: la sociedad mexicana que en la actualidad observamos, ésa que tiene un amplio grupo de personas que han optado por lo que él llama caminos torcidos, sólo puede superar los problemas de inseguridad, desigualdad, pobreza, delincuencia y marginación de los grupos indígenas, mediante un único camino: la educación, y con ella la capacitación y formación de niños y jóvenes. Por ello advirtió que en el “no rescate” anunciado por Felipe Calderón, si necesita hacer recortes, que recorte a lo que sea, menos a la educación.

Esta verdad resplandece como el sol y, sin embargo, en México los ciegos guían a los ciegos. El conflicto magisterial persiste no obstante su absurdo talante. ¿Cómo podemos esperar un futuro promisorio de nuestros niños y adolescentes, en calidad de ciudadanos respetuosos del derecho, si los encargados de iniciarlos en los caminos rectosdel aprendizaje -por continuar con la metáfora de don Miguel León-Portilla- se debaten en demandas del todo ilegítimas y se manifiestan en movimientos ilícitos? Si alguna catástrofe hiciera falta, la crisis financiera global afectará al país más allá de lo que muchos creen. De modo que el país se encamina a una mayor quiebra moral porque la educación no es una prioridad del gobierno ni del Estado.

lunes, 13 de octubre de 2008

La vida en el envés

Tiempos de cólera

Por Saulo Tertius

Llámase tiempo de cólera a la oscuridad comiéndose los ojos, a las mentiras sangrándonos en los oídos, al tiempo en el que crecen dagas y siembran los brutales invisibles, los maledicentes protegidos sus semillas de maldad insana en las bocas de los decapitados que abandonan en cantidades industriales por todo el territorio de una nacion que ya no parece serlo; se llama tiempo de cólera a los rostros de los sedicentes mandatarios que no saben explicárnoslo, que no nos miran a los ojos sino que nos hablan desde cámaras televisivas,  que no son tatas, sino falsos señores entronizados por el voto inculto de la masa entontecida a golpe de banal comedia y de rumores oficializados como verdades deslumbrantes.
Demos cratos que no puede ser la voz de Dios, la misma de un pueblo equivocado que ha puesto al mando un puñado de simuladores que aman el dinero, los viajes de placer, el lujo, la promiscuidad y todo lo que esa cadena decadente trae aparejado y que algunos nombran con una sola, indecente palabra: molicie. No puede emanar de Dios la tal autoridad fundada en subterfugios que se apuntala con mentiras, que se adorna con cómicos deslenguados cuyas hermosas facciones y taradas farsas entontecen la opinión pública.
Se llama cólera a esa rabia que muchos sostienen en una mano mientras con la otra se asen como pueden al último grirón de su esperanza para no perder su fuente de trabajo, al enojo que enarbolan muchos que, habiendo sido gente útil, respetada y llena de autoestima, ha salido a la calle a rebanar pescuezos a la caza de algunos bilimbiques que si bien sangantes, les darán posibilidad de alimentar las pequeñas, tristes, hambrientas bocas de sus hijos, también se llama angustia de salir a vender por las calles productos de dudosa procedencia, se llama muerte a plazos, deudas personales que nunca han importado y que de tantas, en los días que corren han por poco masacrado los imperios fatuos.
Se trata de un tiempo de transeúntes transidos, transados por gente de corbata y mancuernillas respetables, cómo no. Se trata de académicos corruptos, de galenos impostores, de bruhjos fraudulentos, falsos maestros y casi toda una sociedad en pútrida quimera rebañandose en un caos pro tomar apenas una tajada insultante del pastel de humeantes heces y vísceras de pobres que los grandes bancos han servido para el atracón. Se trata cómo no, de ciencias ya perdidas.
Los sanmanatieneses lo atestiguan todo impávidos. A veces no lo saben pero a nadie importa si se es víctima, verdugo, victimario o autor intelectual de la masacre, importan los ingresos para sostener la dicha del ron, del juego en la zona libre de la Honduras Británica, del sol perenne y las playas fugitivas que se marchan a hurtadillas con el aire , la lluvia y las olas mismas.
Hay niños torturados, ángeles que la gente encierra en los gallineros y un mar que ya no huele a rosas nunca más. Se miran piedras flotando por las meras ansias de ser usadas para lapidar o para levantar murallas de miedo y de vergüenza. Y el tiempo transcurre, escurre sin remedio.
Hay hombres artillados, seres de armaduras negras que marchan por las calles, hay frutos de horror que estallan en las plazas, hay casas donde juegan muertos a intercambiarse las cabezas y encabezadores de una nación que parecen asombrados ante el eco de su espacio intracraneal, hay pues una como corrosión que lo barniza todo, hasta la luz. El infierno ya no espera, se ha mudado definitivamente y abrasa lo que toca.
Pero yo no digo, tú no dices, nadie ha dicho nada y de no decir ya basta. Lo haremos mejor en otro momento.

martes, 7 de octubre de 2008

La vida en el envés

Los otros miserables

Por Saulo Tertius

Digo con García Márquez que el trabajo literario debe pagarse tan bien como el de pegar ladrillos. No sé qué se les ha metido en la cabeza a los editores de este país que en la mayoría de las entidades de la república procuran no sólo no pagar por el trabajo de sus colaboradores, sino que además intentan convencernos de su bondad al no cobrar por el espacio que tales textos ocuparán en sus sacrosantos medios impresos.

Garibay era otro convencido de que el autor ha de cobrar por la orfebrería de sus palabras. Suena a idiotez malsana el hecho de que los directores que se mueven en esas nebulosas donde ellos y sus papeles son el centro del universo, pretendan eludir el pago correspondiente mediante  subterfugios como el de proclamarse los descubridores, o peor aún, los formadores, del talento explotado exitosamente.

Por lo pronto, el satánico Doctor Blog me tiene atado a esta nueva columna sin pago decoroso por la misma, y si es cierto lo que escribí sobre no ser un profesional de las palabras, también lo es el hecho de que escribo lo que ante los ojos tienes y merece compensar con algo. De lo contrario mi venganza está dada en el hecho de que, como dice el buen Varguitas, vivimos en lo que llama “la civilización del espectáculo”. O sea, mandan Televisa y anexas, hay que escribir telenovelas, o como quien dice, variaciones sobre el tema de la Cenicienta y agregarle narcos, violencia y sexo para que parezcan actualizadas y conscientes de los problemas de nuestro tiempo.

Lo que me encalaverna –rara palabra pero la usaba mi madre para referirse a su saturación repentina ante la boruca de todos sus hijos juntos menos yo, que era muy decente- es enterarme que el Varguitas, mete en el mismo costal a gente como Milán Kundera y Woody Allen, a quienes mira como subordinados a dicha civilización, igual que la revista Hola y todas esas marranadas contemporáneas destinadas al divertimento que es, dice, la pasión universal de nuestros días.

Mientras tanto, demando la justa retribución a los autores, quienes alcanzan la gloria tras morirse y no disfrutan ni de un cinco (bueno el caso de Varguitas es distinto, como el de otros) y luego resulta que uno solo de sus versos valía más que lo que pudiera haber costado mantenerles de por vida alimentando su talento.

Por hoy basta de no decir, lo haremos después.

viernes, 3 de octubre de 2008

La vida en el envés

Prospecto

Por Saulo Tertius

Yo, habitante de esta ciudad cuyo nombre ha enrevesado el autor de este blog en el que ahora colaboro, declaro que esta columna no viene de mano de columnista sino de la mía, que no lo soy como no soy cronista, ni redactor, ni periodista, ni cosa semejante o que pálidamente se parezca, sino un alguien que vive por ahí y vino de por allá, cerca de donde el mundo se acaba en el Río Hondo.

Otra aclaración pertinente es que este texto no habla de la realidad porque creo solemnemente en el hecho incontrovertible de que toda realidad es mentira o se sospecha al menos que lo sea. En lugar de hablar de cómo son las cosas en el haz del mundo, las relataré desde el envés, desde donde lo atestiguo todo. Entonces puede que creas que miento, pero no, son otras verdades las que yo conozco.

Tú, lector accidental (pues no creo que haya de otros en este blog y peor aún en esta sección), puedes llamar a esta urbe tropical como mejor te plazca. Mi anfitrión la llama San Manatí, pero como su nombre verdadero evoca fonéticamente el mal, yo la llamaré La última ciudad o Ciudad 983 atendiendo su prefijo telefónico. Ya nos vamos entendiendo, o por lo menos yo a mí si.

Así que aquí estamos, tú leyéndonos; nosotros, copados entre cielo y los ríos subterráneos; entre mar y selva. Ciudad 983 es la capital del estado que ocupa el décimo segundo puesto por lo que hace al rezago social y como ciudad, ocupa el sexagésimo lugar de las 60 ciudades más importantes por su desarrollo en este país lleno de narcos poderosos, presidentes temerosos y maestros salvajes. Cada quien con sus razones y sus fuerzas brutas en despliegue diario sobre quienes quedamos en medio de sus guerras de orgullo macho no resuelto.

Esta ciudad es irremediablemente partidaria de la soledad, sobre todo para los migrantes que están en pleno tránsito, ese estado puede ir de la dolorosa nostalgia de los primeros días habitándola a los veinte o más años de vivirla, conservando la propia identidad como condición de supervivencia, renunciando a la palabra tajador y conservando como un tesoro la palabra sacapuntas, por ejemplo.

Esos migrantes en tránsito se mueven entre los habitantes de la Última ciudad como fantasmas. Trabajan con ellos, viven entre ellos, conocen a sus hijos e hijas, acuden a sus fiestas, conversan y ven pasar el tiempo frente a la bahía sin apenas acoger su acento, sin adoptar sus expresiones, casi sin aceptar su comida, mientras miran estupefactos a la mitad de ellos vender y a la otra mitad comprar. A la mitad trabajar en el gobierno y a la otra mitad en los comercios.

Hay otros migrantes que superan el síndrome de Ulises sin problemas y mutan en caribes puros, afiliándose a todo, mimetizándose profundos, adoptando acentos, hospedando las palabras nuevas, bebiendo, yantándose el equívoco naturalísimo sobre el que la ciudad se funda. Se hacen sanmanatienses, aunque no lo sean ni los nativistas puros de apellido maya.

Por hoy basta de no decir, lo diremos más después.