martes, 8 de agosto de 2017
viernes, 2 de agosto de 2013
El ornitorrinco
El atropellado
en falso
Juan Pablo
Picazo
Las dos veces
que me han atropellado han sido extrañas, o ridículas si se quiere. En ambas he
salido ileso aunque con un susto que me ha sumido en un largo estado que bien
podríamos catalogar de conciencia trascendente, sin que a la larga lo haya
sido, pues no hubo revelaciones que me hayan sido comunicadas por angélicas
voluntades superiores, ni nuevas y preclaras misiones vitales que de golpe haya
comprendido.
En cada ocasión
los conductores que me han embestido han tenido el nunca bien ponderado oficio
de taxistas, buenos hombres imagino, cuyo susto ha sido mucho mayor que el mío
—o lo fue al menos en el segundo caso ya que debí auxiliarlo luego— y en ambas
por hacer justicia a la verdad, mía y sólo mía ha sido la culpa; o en todo caso
de mi ceguera monocular; o del médico que atendió con enjundiosos fórceps mi
nacimiento y dañó mi nervio óptico; o de mis padres, quienes por dar cauce a la
satisfacción de un sacrosanto antojo al octavo mes de embarazo, emprendieron
una azarosa excursión en motocicleta por la montaña morelense en busca de
cecina, cuando fuimos derribados por una gruesa rama en mitad de la carretera,
en fin.
En mi segunda
experiencia cercana con la defensa de los autos de alquiler, el chofer frenó
casi al mismo tiempo que yo abrazaba la unidad como si me diera gusto verla;
ignoro si la inercia andaba de vacaciones o alguien se comió entonces las leyes
de la física, pero ahí quedé abrazado al cofre del auto sin los vuelos
devastadores que en tales casos suelen producirse, aunque como es natural, no
sabía si estaba yo completo o de plano ya no estaba.
Todo estaba
congelado. La luz seguía en rojo y el monito en verde, los colectivos iban con
lentitud de niebla por todas partes, los ruidos de la cuernavacense noche se
callaron unos instantes y el motor dejaba de ronronear poco a poco debajo mi
panza. Que en ese momento justo era el centro del cosmos.
Cuando los
ruidos volvieron, traían un aderezo de gritos e insultos, autos que frenaban y
pasos precipitándose alrededor de mi. Entonces me puse en pie como si tal cosa
mientras algunos buenos ciudadanos mutaban en doctores callejeros para realizar
equívocas auscultaciones, opinar sobre el deficiente trazo de nuestras calles,
sobre el consabido desenfreno de los buenos taxistas, quienes se mueven a
velocidades supersónicas a fin de completar las abultadas cuentas que les piden
sus patrones, tener lista la plata para el combustible y finalmente, si queda
algo, llevarlo de ganancia a casa.
Mientras las
germanías se mezclaban airadas o azoradas todavía, miré al parabrisas donde un
hombre no mayor que yo, lloraba asustado y aferraba su volante con fuerza, como
si con ese acto de contrición pudiera resucitar al muerto que creía tener sobre
su auto, no sé si de veras funcionó y fue sólo por eso que me puse en pie.
Le hablé, aunque
suene ridículo le dije buenas noches señor, yo soy su atropellado. Quise ser
cortés y también pronuncié un mucho gusto en conocerlo; le expresé también
cálmese porque no me pasó nada, y mire, creo que compartimos un milagro o vaya
usted a saber y decentemente y no sin pena, también comenté dispense, pero
tengo ceguera nocturna, no siempre es grave, sólo que ahora además se voló una
luz roja y pues como venía por mi diestra invidente no pude evitar que pasara
este mal rato.
Mi prójimo
taxista me miraba confundido: sus ojos pasaban de una azul beatitud que
agradece a Dios salir con bien del trance, al rojo asesino que se guarda a
duras penas de hacerle la eutanasia al maniático que se le ha atravesado en
forma semejante, como si pasar las luces rojas fuera una nadería y ser un peatón
a medias ciego un pecado mortal o ya de menos la más atroz de las faltas viales.
El coágulo de las
avenidas Cuauhtémoc y Plan de Ayala se disolvió con una micro dosis de policía
de tránsito acercándose con apetitos de ganarse un dinero extra cuéstele a
quien le cueste. Como los demás, me hice ojo de hormiga y enfilé rumbo a casa,
me faltaban aún treinta minutos de trayecto al cabo de los cuales ya había
olvidado el incidente hasta nuevo aviso.
La primera vez fue
menos aparatosa y grave en lo físico, intrascendente incluso, pues no pasó de
un rechinar de llantas, apenas un beso de lámina caliente, y eso sí, el
catálogo completo de altisonancias correspondientes al caso de que alguien
medio atropelle a un escuincle que juega en la calle a la pelota. Eso último
fue devastador, y no tanto escucharlo como la conclusión de mi madre, quien en
medusa convertida por la furia, me espetó: — ¡Te dijo hasta la despedida!
Entonces
fue. Empecé a creer que todos los seres humanos estábamos conectados por
cristalinas y frágiles membranas invisibles y que si alguien te decía
“córtalas”, las rompía aunque sin daño permanente pues uno siempre volvía a los
amigos pero que si alguien te decía “la despedida”, entonces rompía la membrana
para siempre y desde entonces estabas un poc más aislado de todos cada vez..
sábado, 27 de abril de 2013
Onirosofía
La plegaria
Por Juan Pablo Picazo
Alejandrina los observa con el corazón partido. Nada te prepara para una cosa como esa, seres mutilados, heridos, desesperanzados. Los hay quienes miran con indiferencia el silencio pegado al aire quieto, quienes lloran con lágrimas calladas viendo cómo la sangre escapa discreta pero implacable del pecho o los miembros de sus pequeñitos. ¿Acaso la guerra ha pasado por aquí? ¿Acaso algún tirano ha ordenado indiferente una masacre? No sabe, nunca sabe nada.
Camina entre ellos, no puede quedarse quieta e indiferente ante tanto dolor y tanta angustia, siempre ha sido una mujer dada al servicio. Cuando su madre los abandonó tras la muerte de su padre a manos de los gatilleros de un político rival, ella debió hacerse cargo de los once más pequeños y sacarlos adelante. Pero ahora no son once y con buena salud. Se trata de cientos, acaso miles de personas allí en medio de un monte desolado.
Ofrece consuelo aquí, enseña como aplicar un torniquete allá, manda a algunos de los indiferentes a hacer algo con su pasividad, buscar las hierbas medicinales que les pide, cuencos y piedras para machacarlas, agua y leños para calentarlas. Todos van descubriéndola y las miradas perdidas regresan lentamente a una realidad que vuelve a ser esperanzadora, la llaman, le piden ayuda, creen que el paso de su sombra o el roce de sus manos cura, pero ella sabe que no es así.
Quiere irse de ahí y abandonarlos ¿Por qué no hacen intentos por salvarse? ¿Por qué no se marchan a un sitio mejor, donde haya curanderos, médicos, brujos o graniceros, cualquiera que pueda brindar la salud? Permanecen en ese lugar y ahora además de sus oficios de enfermera improvisada demandan sus milagros ¿cuáles? Sabe que es una persona común y corriente.
La petición vuelve a transformarse, ahora los moribundos, los desesperanzados, los heridos y aun los mutilados le piden pan, le dicen que tienen hambre, que los alimente, lo demandan con firmeza, con una exigencia que no admite réplicas, la miran a medias entre suplicantes, furiosos y vencidos.
Como la petición de alimentos la sorprende y no sabe que hacer, los menesterosos se levantan, renguean, se arrastran desde sus lugares convergiendo en ella sin dejar de pedirle alimento. A donde quiera que intenta evadirlos ellos cierran el cerco y la rodean. Se acercan cada vez más. Cade vez más. Tiran de su ropa, de su cabello, siente sus manos callosas, sangrantes, llagadas alcanzar incluso sus brazos y sus piernas como quien toca la estatua de un santo milagroso. Quizá la maten, quizá finalemnte se la coman.
Alza las manos y ruega el perdón y la ayuda a Dios. Sabe que no puede moverse y ellos no se irán sin un bocado. Cierra los ojos esperando. Entonces todos se retiran con risas y carcajadas, corean el milagro, la besan, la bendicen le piden que baje la comida. Alejandrina no entiende hasta que mira al cenit. Ahí, entre sus manos una bandeja con comida ha sido depositada, la multitud se forma sin que medie orden alguna y ella reparte el exiguo pero inacabable contenido de la charola.
sábado, 23 de marzo de 2013
Onirosofía
Hospital para graduados
Por Juan Pablo Picazo
Nada hay como mirar la realidad con cierta reserva para notar que tiene fisuras por las que se deslizan detalles que nos permiten cuestionar si el mundo es real o lo vamos modificando más con nuestro pensamiento que con nuestras acciones. Traigo esto a cuento porque el otro día que el reloj marcaba 27 de enero y 35 minutos, justo el cielo oscilaba tenuemente del azul acostumbrado al amarillo submarino.
Por ejemplo, el viernes terminaba de impartir mis clases cuando me fue instruido que tomase una de las motocicletas del segundo desván y acudiera a la graduación programada para ese día en el hospital antiguo camino a Suht, que está junto a la biblioteca de Icamole. Así que seguí las instrucciones y me encaminé al citado edificio a toda velocidad, pese al vértigo perpetuo que padezco en tales casos.
Al llegar, vi a los alumnos listos, relucientes y colgados en sus ganchos junto a una montaña de togas y birretes a la espera de iniciar la ceremonia. Me encaminé a los servicios, tarea que olvidé al encontrarme a la abuela, fallecida ya varios años atrás, muy ocupada en un armario de jarciería con un grupo de pequeñas y muy ruidosas ánimas del purgatorio a quienes impartía clase de ganchillo artístico, cocina etérea y otras afines a su estado.
Conversamos largo rato sobre los problemas en las muchas versiones del más allá, todas como siempre tratando de imponerse, sobre los delirios de poder de los políticos, sobre las nuevas galletas de queso de luna, y toda clase de diarias supercherías.
Los graduados en ciernes seguían colgados, la voz de la abuela resonaba en su salón, enfermeras, médicos, personal administrativo del hospital iba y venía en sus quehaceres, todo era muy aburrido de tan cotidiano, hasta que dos enfermeras en bata de dormir y un médico rastafari pasaron junto a mí y me arrastraron a la ambulancia en plan de camillero.
La ambulancia era una caseta de vigilancia montada en una glorieta triangular adosada a la construcción del hospital. Cuando comenzaba a mofarme para preguntarles cómo rayos iba a moverse eso, el suelo se despegó del suelo, empezó a vibrar y sólo alcancé a escuchar una parte de la advertencia: -¡Agárrate de algo! Luego comenzó a deslizarse vertiginosamente y el paisaje urbano se volvió un borrón.
En cada vuelta o cambio de dirección, estaba a punto de salir disparado, lo que no ocurría porque en el último momento me agarré de un barandal crecido a la orilla de la guarnición roja. El médico conducía tranquilamente con su celular, una enfermera iba sentada en una mecedora y la otra tomaba el sol en la banqueta móvil.
Finalmente llegamos con estrépito. Subieron una escalera de un solo tramo, infinita y sin descansos mientras me encargaban cuidar la entrada y mantener separadas las puertas para pasar raudos con la camilla. Ahí esperaba cuando me encontré una centauresa que esperaba turno en una clínica de hiperembellecimiento, y conversamos sobre el mal tiempo, las enfermedades que tenían algunos edificios de la ciudad, los impensables partidos políticos que habían ganado la elección en el sexto mundo de Karagh 10 y otros temas igual de irrelevantes que te permiten pasar el rato.
Antes de que lo notara siquiera, una brisa pasó junto a mí y en ella iban envueltos mis compañeros de la ambulancia, los dejé pasar, cerré la puerta mientras me despedía de la centauresa con un leve movimiento de cabeza. Estaba a punto de subir a la enérgica y extraña ambulancia cuando se esfumó bajo mis pies perdiéndose para siempre.
Sólo cuando recapacité en que con ella me perdía la graduación, y el transporte para regresar a la universidad, comencé a preocuparme. Así que me volví para pedir a la centauresa que me ayudara a regresar, pero la puerta del edificio al que habíamos entrado ya no estaba. Parecía como si no hubiera existido nunca, ahora tendría que caminar bajo la luz espesa que escurre por la calle a esa hora de la tarde.
Nada hay como mirar la realidad con cierta reserva para notar que tiene fisuras por las que se deslizan detalles que nos permiten cuestionar si el mundo es real o lo vamos modificando más con nuestro pensamiento que con nuestras acciones. Traigo esto a cuento porque el otro día que el reloj marcaba 27 de enero y 35 minutos, justo el cielo oscilaba tenuemente del azul acostumbrado al amarillo submarino.
Por ejemplo, el viernes terminaba de impartir mis clases cuando me fue instruido que tomase una de las motocicletas del segundo desván y acudiera a la graduación programada para ese día en el hospital antiguo camino a Suht, que está junto a la biblioteca de Icamole. Así que seguí las instrucciones y me encaminé al citado edificio a toda velocidad, pese al vértigo perpetuo que padezco en tales casos.
Al llegar, vi a los alumnos listos, relucientes y colgados en sus ganchos junto a una montaña de togas y birretes a la espera de iniciar la ceremonia. Me encaminé a los servicios, tarea que olvidé al encontrarme a la abuela, fallecida ya varios años atrás, muy ocupada en un armario de jarciería con un grupo de pequeñas y muy ruidosas ánimas del purgatorio a quienes impartía clase de ganchillo artístico, cocina etérea y otras afines a su estado.
Conversamos largo rato sobre los problemas en las muchas versiones del más allá, todas como siempre tratando de imponerse, sobre los delirios de poder de los políticos, sobre las nuevas galletas de queso de luna, y toda clase de diarias supercherías.
Los graduados en ciernes seguían colgados, la voz de la abuela resonaba en su salón, enfermeras, médicos, personal administrativo del hospital iba y venía en sus quehaceres, todo era muy aburrido de tan cotidiano, hasta que dos enfermeras en bata de dormir y un médico rastafari pasaron junto a mí y me arrastraron a la ambulancia en plan de camillero.
La ambulancia era una caseta de vigilancia montada en una glorieta triangular adosada a la construcción del hospital. Cuando comenzaba a mofarme para preguntarles cómo rayos iba a moverse eso, el suelo se despegó del suelo, empezó a vibrar y sólo alcancé a escuchar una parte de la advertencia: -¡Agárrate de algo! Luego comenzó a deslizarse vertiginosamente y el paisaje urbano se volvió un borrón.
En cada vuelta o cambio de dirección, estaba a punto de salir disparado, lo que no ocurría porque en el último momento me agarré de un barandal crecido a la orilla de la guarnición roja. El médico conducía tranquilamente con su celular, una enfermera iba sentada en una mecedora y la otra tomaba el sol en la banqueta móvil.
Finalmente llegamos con estrépito. Subieron una escalera de un solo tramo, infinita y sin descansos mientras me encargaban cuidar la entrada y mantener separadas las puertas para pasar raudos con la camilla. Ahí esperaba cuando me encontré una centauresa que esperaba turno en una clínica de hiperembellecimiento, y conversamos sobre el mal tiempo, las enfermedades que tenían algunos edificios de la ciudad, los impensables partidos políticos que habían ganado la elección en el sexto mundo de Karagh 10 y otros temas igual de irrelevantes que te permiten pasar el rato.
Antes de que lo notara siquiera, una brisa pasó junto a mí y en ella iban envueltos mis compañeros de la ambulancia, los dejé pasar, cerré la puerta mientras me despedía de la centauresa con un leve movimiento de cabeza. Estaba a punto de subir a la enérgica y extraña ambulancia cuando se esfumó bajo mis pies perdiéndose para siempre.
Sólo cuando recapacité en que con ella me perdía la graduación, y el transporte para regresar a la universidad, comencé a preocuparme. Así que me volví para pedir a la centauresa que me ayudara a regresar, pero la puerta del edificio al que habíamos entrado ya no estaba. Parecía como si no hubiera existido nunca, ahora tendría que caminar bajo la luz espesa que escurre por la calle a esa hora de la tarde.
martes, 12 de febrero de 2013
Onirosofía
La mano azul
Por Juan Pablo Picazo
La niña duerme. Aún puede llamársela
bebé, aunque dentro de poco dejará esa edad. Cuando sus padres o sus
tíos la miran tendida en su cuna tibia y protectora, no pueden menos que
admirar y envidiarle la profundidad del sueño, el ritmo impoluto de su
respiración, las tiernas poses que adopta en medio del descanso.
Nadie sin embargo conoce las angustias de
la pequeña. A veces abre los ojos en medio de la acuosa oscuridad y los
objetos, tan firmes y verdaderos durante el día, bailotean al ritmo de
la respiración del mundo, que parece ser algo así como un añejo animal
al que todos parasitamos irremediablemente.
Claro, ella no puede contarlo. No ahora.
Ni siquiera puede llamar cosas a los objetos que la rodean, sólo sabe
que están ahí y le dan seguridad, como esa parte suya que le trae la
leche cuando llora de una manera muy específica. No, aún no puede contar
nada sobre el tormento que padece casi cada noche. Un día será
necesaria la acción de uno de esos magos de la Orden de San Segismundo
de Viena para que excave en lo profundo de su mente, acaso entonces
pueda desprenderse de los terrores que la aquejan. O quizá no, porque
esos magos curan con palabras y la niña aún no las conoce, no sabe lo
qué son, ni el poder que tienen.
Otras noches sus padres se marchan luego
de abandonarla en la casa de la señora que a veces la cuida, se trata de
un lugar sucio y maloliente, donde nadie le hace caso mientras todos
esos seres relucientes con ojos fijos que habitan la vitrina, la miran y
se arrojan al suelo para romperse y que luego le peguen culpándola del
hecho. A veces logra salvarse de la paliza con un afilado grito, que
bien usado, puede romper ese mundo y llevarla de nuevo al otro, donde
alguien siempre acude y la abraza para reconfortarla.
Pero nada se compara con la mano azul. Es
monstruosa, casi tan grande como ella misma. La presiente, sabe que
vendrá cuando apagan la luz y sólo queda ese brillo fantasmal que da la
pequeña lámpara de la pared. Finalmente la tranquiliza que a lo lejos
aunque amortiguadas, las voces de sus padres se escuchan con ese modo
tan raro de hablar que nadie entiende, la voz de ella es fuerte y
rápida; la de él, azucarada y suave, lenta como leche caliente en la garganta.
Entonces al fin se queda dormida, y lo
sabe porque se sueña a sí misma dormida y escucha cómo debajo de ella
esa enorme mano de color añil repta buscando treparse a la cuna, siempre
le cuesta trabajo, y le aterra no poder aprovechar ese eterno tiempo
que tarda en subir para prevenirse del ataque.
Otras veces la mano azul cae desde la
lámpara apagada que cuelga en el techo. Tan pronto como el foco se
enfría la mano asoma sus dedos, se acomoda, y se deja caer libremente
sobre la cuna. O bien, se acerca desde la pared contra la que está
apoyada su cabecera. No importa que su cuna esté separada de la pared
unos centímetros para alejarla de posibles arácnidos letales, la mano
tiene dedos ágiles y largos, y siempre acaba por dar con ella.
Sin obstar desde dónde ataque, el
resultado siempre es el mismo: primero recorre con particular
detenimiento los barrotes, el tul que la defiende de los moscos, se
descuelga por el móvil de abejitas que tanto ama y entonces salta sobre
su cuerpo. Aterriza con tanta ligereza que es imposible adivinarla ya a
punto de atacar. Luego hace su fechoría: la atenaza de cosquillas hasta
que se ahoga de risa.
Por eso a la niña no le gusta que le
hagan cosquillas, le son intolerables. Si alguien lo intenta frunce el
ceño y tira manotazos desesperados, furiosos. Lo mismo hace en el sueño
pero la mano es habilísima, la esquiva y con el índice tira profundas
estocadas en sus costillas, rasca detrás de sus orejas, se introduce en
sus axilas, haciéndola estallar de risa. No, no puede detenerla, va a
morir.
Cuando ya se siente perdida, la mano se
retira para dejarla respirar, pero es una estratagema antes de atacarla
nuevamente, otras, la voz de mamá la saca de ese mundo terrible de la
mano azul preguntándose qué sueña la bebé que así ríe dormida y quizá es
un sueño feliz, entonces llora de ira no por haber sido despertada,
sino porque nadie la salvara desde antes.
lunes, 11 de febrero de 2013
Ornitorrinco 02
De la humilde
soberbia
Juan Pablo
Picazo
Reza un refrán
muy difundido que alabanza en boca propia es vituperio, y en México eso es una
verdad social casi inamovible. Tan lo es, que reconocer los propios talentos en
voz alta se considera un atentado contra el buen gusto y la moral o algo
parecido. Más aún, además de callarse sus dones, cualquiera debe esperar a que
sus contemporáneos ciegos algún día le reconozcan para que pueda entonces
aceptar elogios oficialmente, al menos eso suele pasar en las profesiones artísticas.
Lo anterior
suele lograrse de preferencia mediante la vida académica, lo que casi podríamos
decir de jure, o en el ejercicio
libre de la propia habilidad y a través del desarrollo de una obra sólida, lo
que casi podríamos llamar de facto. Como
sea, en el país del águila que devora la serpiente se reparten siempre con
mayor generosidad las negativas y los adjetivos calificativos adversos que las
oportunidades desprejuiciadas y los estímulos para el desarrollo profesional.
August Strindberg,
novelista, dramaturgo y misántropo sueco, escribió alguna vez que las personas se
subestiman con frecuencia aun si tienen la fama de llevar el pecado de la soberbia
en sus blasones. Coincido en la verdad de su afirmación, lo que agrava
el fenómeno antes expuesto porque entonces esa industria o subcultura de la de
los masivos subestimados engendra monstruos más lóbregos que los de la razón:
los genios inapelables que se observan en cafés, pasillos oficiales y academias
paseando su jactancia sobre todo si alegan tener una nueva visión.
Tales monstruos
— porque lo son, sobre todo cuando no tienen un talento verdadero— van y vienen
por el mundo en el acto de esgrimir sus opiniones como un alfanje sediento de
gargantas, y el vulgo les escucha, aunque no por admiración, no vaya a ser,
sino porque parecen tan necesitados de escucha, que nadie puede menos que
compadecer su impúdica autocomplacencia cuando manotean cejijuntos; cuando
reducen a sus interlocutores al balbuceo hablando demasiado alto y cuando
ostentan su máscara de intelectuales dando cátedra sapiente a otros de su
paupérrima raigambre para que los sigan.
Los he visto, no
me gustan nada. Saben siempre más de astronomía que un bendito carnicero y más
de cortes finos que un astrónomo, por lo que siempre pasan por sabios y
entendidos en casi todas las materias; por ejemplo, prohíben la sola mención de
aquellos personajes a quienes no admiten en su panteón particular y dan por
buenos a quienes se enganchan en su red de corifeos y les compran fascinados una
obra que no siempre trasciende.
Son desde luego
un subproducto de lo que Harold Bloom llamó la Edad Caótica. Bajo esta luz,
podemos decir que el siglo XX dio inicio a un interregno que se extiende al menos a más de una década del siguiente. Un espasmo de los
tiempos sin timón y sin destino que, toda proporción guardada, tiene semejanza
con el suscitado a la caída del Imperio Romano y en el que se movieron los
primeros autores de la llamada Edad Media, como Boecio y San Agustín de Hipona
por sólo citar algunos.
Así, estos apócrifos
iluminados actúan su propia representación, ejecutan el rol de sí mismos y no
siempre como buenos actores, porque muy a menudo como escritores, políticos,
activistas y demás tampoco resultan creíbles; acompañan sus pronunciamientos
con las fanfarrias de su teatralidad, y la reinvención constante del personaje
que desean ser. Se sirven casi siempre de mafias y congregaciones de toda clase
que imperan en los reinos literarios y las repúblicas de letras de nuestros
días o las crean mientras dictan cánones, reparten hornacinas, asignan dietas y
formulan las estéticas políticamente correctas según la fecha, hora y lugar en
que su trono descansa. Y cuando son llamados al fin intelectuales, emiten el
mugido de la victoria que les convierte en las inapelables vacas sagradas.
Como decía cierto pugilista que también garabateaba novelas y aconsejaba políticos de la vieja guardia, “la inmortalidad dura cuando mucho ochenta años” y también “no hay nada más viejo que un periódico de ayer.” Esperemos que en su caso como en los de sus imitadores así sea mientras recordamos la obra que vale ¿por cierto cómo se llamaba?
jueves, 17 de enero de 2013
Ornitorrinco 01
De El patito feo al ornitorrinco
Juan Pablo Picazo
En el viejo
cuento titulado El Patito Feo, los buenos
patos viven su feliz sociedad sujeta a la norma. Hay entre ellos como es
natural en cualquier familia, desviaciones de la media que con todo, no
escandalizan y sirven para acentuar lo que necesario para la mayoría, lo
socialmente deseable, como dicen que Dios manda, cómo no.
Y claro, todo va
bien hasta que en su seno se gesta uno cuya apariencia en principio, pero más
tarde también su voz, sus modales y necesidad de mayor espacio, causan temor y
repugnancia crecientes hasta el punto de que los buenos patos, obligados al
mayor bien para el mayor número, optan por la expulsión, o como dicen que
aconsejaba mi General Villa, primero maten
y después viriguan, que para el caso es lo mismo.
Antes de verse
lanzado, ese aparente infractor ha porfiado en hacerse aceptar por su entorno
con lo mejor que posee en su arsenal. No obstante el rechazo se torna necesario
para su maduración y le vemos emprender un viaje iniciático al más puro estilo
de los héroes solares como Gilgamesh de Uruk; Odiseo de Ítaca y el propio Ce
Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl. El tal periplo le perfeccionará estirándole el
cuello, fortaleciendo sus alas y embelleciendo sus formas de un modo que muchos
consideran superior a la tosca estética de los patos.
En la tal
historia el agraciado héroe prueba su valor, belleza y superior destino en un
final feliz, que ni duda cabe. Niños, aplaudan que esa victoria parece no tener
vuelta de hoja. No al menos hasta que algún resentido autor, ebrio de
diatribas, tome el pergamino, lo raspe un poco aquí y un poco allá y consiga
una afortunada parodia que lo trastoque todo, como dicen que manda el Diablo.
En eso que nos
han enseñado a llamar la realidad, las cosas pintan un tanto distintas sin
embargo pues no siempre los patos feos consiguen no ya digamos hacerse cisnes, sino
que ni siquiera pueden hacer el viaje iniciático que al final importa más. Se
les esclaviza y explota o se les convence con pericia de su fealdad y
repugnancia al punto de que llegan a aceptarla como algo ineluctable y se
entregan a su condición de lumpenestéticos
abandonándose al ostracismo como sea.
Pero hay otros
patos que no lo son y que tampoco se tornarán en cisnes; son mamíferos con cara
de palmípedo a los que el escritor mexicano Juan Villoro, en una charla que
tiempo hace sostuvimos a propósito de los despropósitos entre literatura y
periodismo, empata con la crónica, de la que dice: A mí me pareció que la crónica se parece al ornitorrinco porque es un
animal que podría ser cinco animales distintos y en realidad es uno a condición
de no ser ninguno de los otros.
¿Qué tiene esto
que ver con la navidad o con mi tío que vive en Toluca? Nada. Permítaseme tomar
su aserto para un símil distinto. Ciertos cronistas somos ornitorrincos; es
decir, patos endemoniadamente feos a quienes tanto los buenos cisnes literarios
como los expeditos patos reporteriles miran con una culpable mezcla de
desconfianza, envidia y desconsuelo.
Sabiéndose
testigos de la historia diaria, los tales ornitorrincos son rechazados por la canalla periodística contra la que tanto
advertía Karl Krauss; sabiéndose llamados a un destino superior que frisa en
las elocuencias del aedo, son también rechazados por los dueños del parnaso. De
modo que ni pato, ni cisne, el buen ornitorrinco ha de juntar sus lustrosas
palabras y levantar un Helicón privado en tierra de nadie con las reglas a
medias de uno a medias de otro y en la augusta vecindad de otros híbridos casi
anónimos con quienes comparte esos destierros como faunos, sirenas y centauros.
Tal es este
ornitorrinco —rústico homenaje a las jirafas garciamarquianas— un apenas
territorio donde crece toda clase de hierba y trisca un bestiario en el que
todo cabe, así pues, hasta aquí esta
suerte de saludo cuando voy entrando en esta virtual habitación.
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